Arthur Schopenhauer: La realidad tiene un millón de bocas en la oscuridad

Algunos de ustedes, seguramente esperanzados, estarán pensando que no volvería después de que Zygmunt Bauman intentara matarme y se apoderará de mi espacio durante breve tiempo. Se equivocaban. Para matar a un filósofo hace falta más que arrojarlo al océano o asestarle un cuchillazo entrante por la tercera costilla del lado derecho; ¿les importa que me siente? Hoy no estoy para hacer grandes esfuerzos. Siento decirles que hoy no tengo una particular disposición para llevarles de paseo en el combate contra alguna bestia inmunda o a desentrañar lo más profundo de mi mente -ooh, sí, lo sé, es muy triste. Sin embargo, ya que asumí el compromiso de explicarles por qué es tan terrorífica la filosofía, cosa que ya deberían saber si han intentado acercarse en alguna ocasión a ella, les contaré una antigua historia para compensar que durante éste mes lo único que he hecho es intentar no morirme. Con cierto éxito, parece.

Erase una vez un pequeño egomaniaco nacido en Danzig llamado Arthur Schopenhauer. El pequeño Arthur era un niño rabiosamente inteligente, siempre entre libros despreciando las actividades pueriles de sus compañeros de juego, fueran estos sus compañeros de clase o sus lindas hermanas; el prefería pasar el tiempo leyendo y escribiendo, haciendo aquello que sí ilumina el alma. Cuando se hizo adulto este joven ya nacido viejo se convertiría en un ermitaño de sí mismo: todos son imbéciles menos él y, en palabras de su propia madre, era demasiado inteligente para salir indemne. Oh, su madre, sí, la preciosa e inteligente Johanna Schopenhauer, recordada siempre por ser madre del maestro que nació viejo, pero también una importante escritora de su época que impulsó un salón literario que congregaría la flor y nata de la Alemania de su época. Él no se parecía a ella: donde uno era furibundo y narcisista ella era sutil y destacaba por su savoir faire, donde él veía ficción y desapasionamiento ella sólo veía realidad y el más puro de los amores; dos almas pueriles, ¿pero cual la era más de las dos? Seguramente estén pensando en otros pequeños bastardos, como Damien, y no irán desencaminados: éste también es un hijo de las sombras.

Quizás por oposición a su madre, para ser lo contrario que esta -¿por qué los hijos suelen ser lo contrario que sus padres?-, esgrimió para sí una filosofía brutal y oscura. Schopenhauer practicará un regreso al cuerpo en el cual le dotará de un sentido negativo -superior a la completo ignorar del mismo por parte de los filósofos modernos, al menos- en tanto está sujeto al poder que moviliza todo. El hombre es esclavo de la voluntad, pues la razón no puede liberarlo de esta en tanto no es más que otra forma de la voluntad más refinada. ¿Qué es la voluntad entonces? La voluntad es un deseo informe, el instinto, que se encuentra en todas las cosas; pues la voluntad de vivir se encuentra en todo cuanto existe. Es un fondo oscuro y profundo que mueve el universo.

¿A qué les recuerda esto? Está en la base de todos los mitos de H.P. Lovecraft -y, por extensión, infinidad de películas pero, especialmente, las de John Carpenter-, el cual, consciente o inconscientemente, estaría muy influenciado por nuestro encantador viejo prematuro, convirtiendo lo que en origen es una voluntad de ser se convierta en monstruosos dioses primigenios anteriores a la realidad en sí misma. ¿Acaso no podríamos afirmar que Nyarlathotep, el caos reptante, es el triunfo de la voluntad como realidad cósmica? Es el desorden, el caos, lo que es nada absoluta en y por sí mismo. Es la fuerza maravillosa y terrible que permite la existencia del universo, es todo aquello que sólo se puede contemplar a través de la depreciación más absoluta de los sentidos. Para Schopenhauer la razón nunca podrá conocer la realidad, por eso sólo el arte, la religión y la mística podrán caracterizar el auténtico carácter de la voluntad, permitirnos ver levemente el mundo tal y como es; ante Nyarlathotep sólo se pueden presentar tres aspectos: el arte, el culto y el delirio. Y una vez se ha entrado en contacto con él, se alcanzó una catarsis profunda donde se le ha visto, sólo cabe caer en la locura de vivir en una realidad que sabemos ya que no es más que una sucesión infinita de bocas deseando triturar nuestros cuerpos. El niño viejo siempre vio lo que se escondía detrás del velo de maya, la realidad brutal que caprichosa nos despedaza día a día en las tinieblas.

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~ por Álvaro Mortem en 27/03/2012.

Una respuesta to “Arthur Schopenhauer: La realidad tiene un millón de bocas en la oscuridad”

  1. [...] post en el blog Demonomania Nation (DMN) me ha recordado bastante a la gran pequeña serie de posts en [...]

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