Friedrich Hegel: La muerte es el devenir de la dialéctica del hombre

Nada horrible acontece en éste mundo sin que un alemán con claras señales de perturbación mental no lo hubiera pensado ya mucho antes. Os lo digo por experiencia: después de pasarme dos semanas encerrado en un cuchitril enano bajo tierra mientras un tal Haarmann insistía en torturarme si me negaba a exprimir día y noche limones para preparar la limonada que parecía su única fuente de alimento; es mucho más horripilante de lo que parece, créanme. ¿Por qué pasó esto? No lo tengo muy claro, juraría que yo estaba tranquilamente acechando, el trabajo diario de cualquier buen slasher, cuando un sujeto me pegó un puñetazo por la espalda que acabaría conmigo en el suelo intentando huir infructuosamente para que no me asesinara -y tampoco es que atendiera a razones cuando le dije que eso de matarme era mala idea, por otra parte. Es así es como acabé pasando unas pequeñas vacaciones exprimiendo limones para un psicópata que vino de sus jubilaciones en la costa para conseguir un esclavo que le exprimiera limones y, aun cuando mis vacaciones no se pueden considerar precisamente glamurosas, esto ya fue sobrepasar el límite de lo inadecuado.

Ahora ya, acudiendo al tema por el cual han venido hasta aquí para leer mis peripecias, seguramente la mayoría de ustedes se estarán preguntando qué puñetas tiene que ver todo esto con la relación entre terror y filosofía, lo cual no les negaré que resulta opaco tal y como está presentado. Pero existe una relación ya que, como les avisé al principio, todo lo que pueda ocurrir de terrible en esta vida ya lo pensó antes un alemán y, en el caso que nos ocupa, fue el decano de la filosofía alemana Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Y lo pensó como el centro mismo de toda relación humana.

Para Hegel al principio de todo los seres humanos sólo querían reconocimiento, lo cual sólo podía dárselo un igual que, como no podía ser de otro modo, exigía del otro ese mismo trato que en él buscaba; la búsqueda de reconocimiento, en tanto algo esencialmente humano, produce que ningún ser humano pueda reconocer al otro sin renunciar a su vez al reconocimiento en tanto el reconocimiento presupone la superioridad de un individuo sobre los demás. Para conseguir este reconocimiento los hombres harán uso de todo aquello que tengan a su alrededor para doblegar al otro quien, en última instancia, reconocerá a nuestro glorioso espécimen de puro poder desatado como su superior: aquí nace la dialéctica del amo y el esclavo. ¿Qué ocurrirá entonces? El amo seguramente se tocará sus reales cojones hasta reventar mientras el esclavo se ve supeditado al papel de trabajador explotado para su amo.

Tenemos infinidad de ejemplos de esto en el cine de terror pero, como de costumbre, hay uno particularmente sugestivo: la saga Hostel. Los chicos que son secuestrados en las películas de Eli Roth son la conformación perfecta del esclavo que se ve sometido por un amo (un individuo con más recursos y poder que ellos) que les exige configurarse en tanto sus deseos como superior para que no los mate. El esclavo hará cualquier cosa por el amo, porque de hecho éste puede disponer de él como le plazca en tanto el esclavo es reducido al carácter de puro animal; el trabajo del esclavo para el amo es que éste pueda disponer de su cuerpo libremente para su uso y disfrute. ¿Y acaso hay demasiada diferencia en que éste uso del cuerpo sea para un trabajo físico como picar la mina por un porcentaje mínimo del dinero que se obtendrá de esa excavación o la tortura sistemática en un país desconocido del tercer mundo? Si me permiten la sugerencia de respuesta, la diferencia se presenta más bien como una cuestión de detalles.

El problema aquí es que el amo no puede verse reconocido por el esclavo en tanto lo ha reducido a ser un mero animal pues, a fin de cuentas, ese que tiene ahí a sus ordenes no es nadie. Es por ello que si un amo quiere verse reconocido tendrá que enfrentarse contra otros amos, lo cual sería una explicación de cualquiera de los tróspidos enfrentamientos entre leyendas del terror -con un particular énfasis en Monster Brawl, quizás una de las películas que explotan de forma más particularmente literal esta necesidad de confrontar a los amos (del terror) en pos de la corona que les corone como amos absolutos de la nada. ¿Y qué ocurre con el esclavo? Piensen en la final girl, la última superviviente de cualquier slasher y comprenderán que ocurre sin necesidad de que yo se lo explique. La joven es torturada psicológicamente, es puesta a trabajar subrepticiamente en los intereses del amo -en este caso, el poder matar a todos sus amigos- y finalmente ella confronta al amo, ante aquel que se rinde en la huida para que no la mate, destruyéndolo en el proceso. Ahí y sólo ahí, en el reconocimiento a través de la aceptación de la negatividad, de saber que La Muerte personificada volverá para acabar con nuestra vida, es donde surge el auténtico reconocimiento de sí mismo. Y sí esto no es una auténtica filosofía del terror, quizás deberíamos preguntarle al señor Fritz Haarmann qué lo sería.

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~ por Álvaro Mortem en 24/04/2012.

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