H.P. Lovecraft: Somos un grano de arena olvidado en el cosmos

Hará ya muchos años, mientras vagabundeaba por las soleadas tierras de la toscana, descubrí casi por casualidad un templo ruinoso que parecía haber sido hecho ya con la intención de que se desmoronara sobre sí mismo – un contrahecho ser de herrumbre y óxido, de piedra picada bajo cielos diamantinos que parecía responder con la idea propia de la ruina del romanticismo; nada había en aquella estampa que no fuera el ruin saber que incluso entre la belleza más absoluta está la decadencia. Después de haber conocido en profundidad el corazón de una antigua estrella parisina hoy caída en desgracia -pues no tiene otro nombre el que te viviseccionaran el corazón en vivo mientras creías haber huido de la locura naïf de la ciudad de las luces- lo que sólo podía ser atisbado como la realidad última del mundo, decidí pasar la noche en esa fortuita catedral al paso del tiempo. Pueden no creerme, lo entendería. Una cabra con mil retoños vino hacia mi lentamente, y de ella emanaba una oscuridad más profunda que la noche misma, para balar algo en un idioma que no entendí pero aun hoy está grabado a fuego en mi mente – después, la mañana.

Sueño o no, esto me llevó a entrar en un círculo de eruditos bastante extraño que se carteaba para hablar de seres de más allá de la realidad y de los relatos que escribían sobre ellos; he ahí donde conocí a H.P. Lovecraft. Este hijo prodigio de Providence, que sólo pudo escapar de la ciudad en una ocasión para casarse y ser feliz, en la otra para conocer la existencia de negros en América y aterrarse, es conocido como uno de los escritores más sui generis del siglo XX pero generalmente se suele obviar que, de hecho, desarrollo una profunda filosofía dentro de su obra. La filosofía no sólo se hace a través del ensayo, de profundas aseveraciones desgranando algo que está ahí de facto puesto ante nosotros en un lenguaje más o menos erudito, sino que toda forma de escritura debe desarrollar su propio corolario filosófico para llenarse a sí mismo de sentido. ¿Qué es Así hablo Zaratustra si no una novela de un fuerte calado filosófico? Lo mismo que aquí entendemos implícito en Nietzsche, no hay razón alguna por lo que no lo creamos en Lovecraft.

Toda la obra de Lovecraft se sustenta bajo la atenta mirada de dioses alienígenas de más allá de la realidad -negros, si hacemos una lectura antropológica más bien poco interesante; obviemos el inane racismo de un hijo de su tiempo- que cuando despiertan en nuestro mundo corrompen y destruyen todo cuanto existe de real para el ser humano: esto es el cosmicismo. ¿Qué es el cosmicismo? Se preguntará usted, pequeño humanista que cree que el cosmos gira alrededor del ser humano y que sin él nada de éste existiría, pues es la creencia de que los seres humanos son una presencia muy poco significativa en el esquema general del universo, una especie pequeña pero que su arrogancia hace creer que tienen un poder significativo o total como fuente de existencia en el universo, pero sin embargo pueden ser eliminados en cualquier momento por fuerzas de las cuales ignora incluso su existencia. Ahora bien, no se dejen llevar por las ideas de una mala producción de Hollywood en la que un meteorito destruirá la Tierra pero casualmente la ciencia encuentra un modo de pararlo; para Lovecraft lo importante del cosmicismo no es que esté carente de sentido, que ocurra algo que no entendemos porque ocurre, sino la insignificancia del ser humano en conformación con respecto del cosmos. Su filosofía es que somos hormigas que no saben que están siendo controladas por fuerzas superiores que podrían destruirlas a cada momento.

Además de algo francamente aterrador, el cosmicismo es una filosofía que ha sido plasmada con cierta profusión dentro del cine. Quizás el ejemplo más aterrador inimaginable que podamos sostener es la inimitable Arrebato, prodigiosa obra de Ivan Zulueta, que consigue llevar el terror hasta una postura que es sólo definible desde el sentido de un cosmicismo tecnológico: el ser humano es destruido sin que éste pueda evitarlo por un poder vampirizante que va más allá de toda comprensión estricta de lo real. No es que carezca de sentido, que también, sino que el hombre es insignificante ante una tecnología que puede destruirle pero nunca sabe cuando decidirá hacerlo. ¿Y algún ejemplo foráneo, de esos que pequeños pedazos de polvo cósmico dirigidos hacia la extinción como vosotros pueda imaginar aun más claramente? Seguramente La casa de los mil cadáveres, obra fetiche para un servidor como ya habrán adivinado por momentos anteriores, es la representación más fiel de esto. ¿Qué es sino la producción de obras de arte, algo sin sentido en sí mismo, con seres humanos sino la demostración empírica de que no somos nada? El Dr. Diablo está ahí, nada ni nadie sabe que existe más allá de las leyendas, pero cae como una fuerza divina que arrasa con todo cuanto existe – no hay nada en el mundo que no pueda ser reclamado para sí por los tentáculos de los seres exógenos a la realidad misma.

Después de meses carteándome con estos extraños tipos, incluso publicando algunas de mis extrañas visiones al respecto de la cabra de mil retoños que hoy ya están perdidos en la indómita presunción de existencia, me quedó claro que el cosmos es un lugar horrible donde vivir. Nada más allá de nosotros es seguro, pues a cada segundo podríamos ser destruidos por seres que creíamos que sólo existían en nuestra imaginación. Él fue un guía, un gurú vital para nosotros, que es exactamente a lo que se debe cualquier filósofo que se precie de serlo: ser la luz que ilumina cada rincón de lo que el hombre no puede entender en tanto sumergido en el más profundo de los sinsentidos. Y lo fue porque nos demostró como nuestro mundo es sólo un trasunto de ilusión sumergido en lo más profundo de la desesperación más oscura.

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~ por Álvaro Mortem en 28/06/2012.

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