Karl Marx: El trabajo como arte lleva a la estetización de la violencia

Hoy, como la anterior ocasión, siento como los recuerdos vienen hacia mi como el sabor de las magdalenas tiernas hechas por mi aya en las frías mañanas de invierno con la sangre de los vagabundos que cometían la insensatez de acercarse hasta nuestros terrenos. Mi aya era un ser dulce y afable, pero con un ánimo autoritario sin igual. El visceral odio que procesaba hacia cada una de las personas que no hacían el trabajo que les correspondía, por nimio o absurdo que éste fuera, sólo era equivalente al desproporcionado sentido de la justicia que imponía ante él; cada vez que pretendía escaquearme de mis tareas podía pasarme horas enteras saeteado por alfileres en un cuarto oscuro -lo cual, debo admitir, me llevó a incumplir sus órdenes de forma flagrante en más de una ocasión. Quizás por esta metódica aplicación del dolor, rayano la obsesión más furibunda, motivada por una concepción férrea del trabajo mi consideración al respecto del marxismo siempre ha sido el de un tibio interés: a mis ojos el paradigma del auténtico marxismo es el comportamiento de mi aya, entidad cruel nacida de las sombras más profundas del espíritu humano.

Bajo esta consideración podríamos encontrar la sombra del gran Karl Marx, el primero de los maestros de la sospecha y conocido por ser uno de los hombres más preocupados por ese ingrato 99% que cualquiera diría que de hecho son felices viviendo en su propio esclavismo. Sin embargo él llegó con una serie de textos teóricos debajo del brazo demostrando como el capitalismo era un lugar monstruoso en el cual no había lugar para nada que no fuera la completa anulación del hombre; bajo las garras del trabajo capitalista el hombre se queda desligado de sí mismo, completamente alienado de su propia esencia, por culpa de no reconocerse en su propio trabajo. He ahí la adoración de los marxistas por el trabajo. Sin embargo esto les llevaría a decir que la única manera posible de vivir es conducirse hacia un fin de la historia último -que hegeliano, ¿verdad?- en el cual el comunismo, o el sistema político-económico de la igualdad absoluta cortando las piernas del que sobresale, sería el siguiente paso lógico hacia la reconciliación total con el mundo. El único problema del hegelianismo de Marx es que, muy lejos de liberar a nadie, sólo ha servido hasta el día de hoy como presa mortal en la cual el hombre se ve denegado de su propia existencia, sólo que de otro modo; para los marxistas sólo existe un hecho indefectible regidor de todo cuanto existe, principal valor de la humanidad en sí: la fuerza de producción, el trabajo.

Mi problema es que el artista bajo el alma del marxismo, aun cuando sea un comunismo bien aplicado y no el terror stalinista, sólo tiene una función: hacer llegar hasta el último confín del universo la perfección absoluta del trabajo. Personalmente como artista esto me parece terrible pues obliga a los artistas a seguir una serie de pautas ya establecidas como parte de un canon de lo que debe hacerse -ergo hay una idea legitimada de qué está bien y que mal dentro de el arte, con una pretensión de objetivación de éste- que no pueden violar de modo alguno sino quieren que su arte se considere degenerado -aunque, personalmente, yo mismo defino el mío como degenerado. Pero lo terrorífico de Marx es que para él sólo se consigue un arte auténtico a través del trabajo, haciendo tu trabajo de una forma tan gloriosa que se convierta en un arte en sí mismo.

Imaginen esto por un momento y tendrá todo el sentido del mundo: el trabajo de mi aya era conseguir que la gente trabajara y, como de hecho lo conseguía con su violencia, hizo de su trabajo un arte. Pero si prefieren recordar alguno de esos casos que tanto gustan a ustedes del cine de terror, les remitiré a la asombrosa eficiencia en el trabajo de dar muerte de algunos personajes clásicos como Jason Vorhees o Michael Meyers los cuales acaban haciendo de su trabajo, el asesinato, un arte por su más absoluta eficiencia. O si quieren otro ejemplo aun más terrible, ¿quién no recuerda el soylent green ideado por Harry Harrison? El gobierno tenía un problema (un exceso de población) que solucionaba de un modo expeditivo (convirtiendo a personas en comida altamente nutritiva) por lo cual cualquier discusión ética al respecto de ello está fuera de todo lugar, pues de hecho han cumplido su trabajo (la población superviviente vive bien alimentada y sin problema) de un modo tan virtuoso que de hecho se podría considerar un arte. Si tienen alguna reticencia en considerar estos como trabajo, les remitiré a lo que mi aya definió siempre como trabajo: trabajo es todo aquello que debas hacer, lo que la sociedad o tu familia ha decidido para ti.

Lo más oscuro de todo el planteamiento de la obra de Marx, que en ningún momento llega a plantearse que la estetización del trabajo en sí produce que la elaboración sistemática y profunda de los medios productivos en el resultado más perfecto posible también remite en la creación de las más elaboradas formas de dar muerte al prójimo; si todo trabajo debe aspirar a convertirse en arte, también todo acto criminal -en tanto trabajo, pues no deja de serlo aun cuando de forma ajena a los conductos legales- debe aspirar hacia su propio espíritu estético. A partir de esta connotación particular quizás puedan comprender porque el marxismo, entendido en un sentido puro y sin acotaciones éticas de ninguna clase, es un elemento oscuro y brutal que necesaria debe devenir en un terror rojo tan profundo como la sangre que se impregna en la creación de nuestro propio trabajo.

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~ por Álvaro Mortem en 24/07/2012.

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