Zygmunt Bauman: Náufragos en el mundo líquido

Hola, soy Zygmunt Bauman y quizás me recuerden de otros ensayos como Modernidad líquida, Amor líquido, Tiempos líquidos y Arte ¿líquido?. El escritor habitual de este espacio, Álvaro Mortem -demasiado ocupado en la observación sistemática de la hemoglobina en el ojo ocular ajeno-, me ha invitado aquí para que les cuente las bondades sobre la repugnante cienega de fango en la que vivimos que ustedes tienen a bien llamar sociedad contemporánea pero yo, como ya habrán imaginado, prefiero denominar como sociedad líquida. El por qué de tanta liquidez se lo explicaré yo ahora mismo.

Durante la modernidad hubo una pretensión de hacer que las estructuras sociales, ya saben, cosas como la familia o el estado, se convirtieran en algo distinto; algunos iluminadores como Robespierre o Marx se sentían oprimidos por las antiguas (o las nuevas) formas de dominación. Estas estructuras eran sólidas, inamovibles, y creaban una estructuración social que era insalvable: el rico se moría rico, el pobre se moría pobre, y no había más posibilidad que atenerse a unas instituciones que para cambiar requerían de décadas, cuando no siglos. Era un mundo muy aburrido y previsible, muy sólido. Ahora bien, estos luchares por la libertad querían derribar esas instituciones para, así, poder edificar las suyas propias que, aun cuando sólidas, las consideraban más justas para el conjunto de la sociedad. El proyecto de la modernidad era anular las antiguas instituciones (sólidas) para constituir unas nuevas instituciones (sólidas) más justas. Seguro que esto les recuerda a Black Death, de Christopher Smith, en uno de los más terroríficos retratos de como la sociedad (sólida) se constituía antes de la modernidad: si eres diferente, te quemamos. Muy poco líquido.

¿Cual es el problema entonces? Que los modernos fracasaron, aunque según el amigo Foucault era algo subyacente a la propia idiosincrasia moderna -¿pues si sabía tanto por qué está muerto?-, ya que no establecieron una serie de instituciones solidas sino que, en último término, las que constituyeron sólidas. ¿Y qué significa eso? se preguntará usted, querido lector, que no tiene porque tener que entender unas analogías lamentablemente simples y que llevan a equívocos constantes. Pues significa, ni más ni menos, que la sociedad ya no sólo no cambia de un modo extremadamente lento sino que cambia de forma demasiado rápida, la sociedad continuamente se construye en su colapso. Bien, quizás no me estoy explicando, déjenme recordarles ejemplos de lo (único) que saben: de terror.

Recuerden su saga de torture porn favorita: Hostel -pobre Eli Roth, condenado de por vida a arrastrar semejante bodrio como insignia con las maravillas que ha hecho-, donde un grupo de jóvenes se ven sistemáticamente torturados por un grupo de empresarios ricos con ansias de sangre. Eso es precisamente la modernidad líquida. Es el espacio donde se construyen nuevas conformaciones sociales de forma constante, sin ninguna clase de compromiso, establecido relaciones poco serias y constantes. En la sociedad líquida todo es finito y fugaz. Eso también lo vemos en los chicos protagonistas, con sus escarceos sexuales en Europa del este, que no son más que la cara más común de esta modernidad líquida: la imposibilidad de conformarse en relaciones reales y duraderas, la búsqueda constante de la liquidez, la escasa durabilidad, de las relaciones. Si en la sociedad sólida salirse en lo más mínimo de sus cánones te hacían ser prendido fuego, en la sociedad líquida la gente se prende fuego a sí misma sin necesidad de intermediación profesional. O sí, pero menos.

¿Qué posibilidad tenemos de salir de esto? Preguntarán ustedes desesperados, indignados, llorosos entre estertores. Pero la respuesta no les satisfacerá, pues según yo -y, como es obvio, yo tengo razón- es imposible salir de la socie… -eh, Álvaro, ya has venido.

– Sí, supongo que lo de intentar matarme lanzándome al océano es alguna clase de irónica disquisición social, ¿no?

– Bueno, verás, era la mejor manera de que comprendieras que es la sociedad líquida, de forma práctica. Seguramente un ejercicio más didáctico no hubiera servido con alguien como tú, tan airadamente antiacadémico. Ha sido por tu bien.

– Nunca podría enfadarme contigo, por ello te demostraré la solidez de mis argumentos con esta edición en tapa dura con remaches de acero de Mil Mesetas.

Perdonen las molestas, queridos lectores, no volverá a pasar que un intruso indeseable como este Bauman vuelve a este nuestro pequeño espacio, el santuario donde ustedes y yo aprendemos recíprocamente porque el mundo del pensamiento es tan terrorífico como el terror mismo. Y él se pensará dos veces, si es que pudiera ya moverse alguna vez, lo d… Mierda, ¡si le estoy viendo el cerebro mientras se levanta! Supongo que, después de todo, un slasher también puede ser un filósofo.

– Sobretodo si arrancó para su provecho una máscara líquida, pequeño asesino mesetario.

~ por Álvaro Mortem en 21/02/2012.

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